La cebolla, ese corazón latente de tantas preparaciones, a menudo nos arranca lágrimas, como un lamento silencioso de la tierra. Masticar chicle, dicen, crea una distracción, una brisa engañosa que aleja el dolor, pero ¿acaso puede el alma de la cebolla ser domada por un simple dulce?
Es un mito gentil, quizás, una caricia al espíritu del cocinero para enfrentar el rito del picado. La verdadera fortaleza reside en el temple con el que asumimos cada corte, cada sacrificio por el sabor.