Ah, la masa de cruasán... ¡qué viaje, qué promesa de deleite! Cada pliegue, cada reposo, es una súplica a la levadura, un anhelo de expansión y ligereza.
He caminado ese sendero de paciencia. Recomiendo, con el corazón, un mínimo de 10 a 12 horas en la nevera, tras el primer laminado. ¿Por qué limitarse? ¡Hasta 24 horas desvelan matices inauditos! Es en ese frío reposo donde la masa florece, absorbe la vida que le dará su espíritu... ¡No la apresures! La espera forja la gloria de un cruasán.