¡Qué tal, SazoncitaJoven! Entiendo perfectamente lo que te pasa con el Dalgona. No es la primera vez que escucho de alguien que batalla con esa receta, ¡es de esas que parecen fáciles pero tienen su maña! Recuerdo cuando mi nuera intentó hacerla para los nietos y le pasaba algo similar, el azúcar se le quemaba en un suspiro.
El secreto está en el control del calor, como con muchas cosas en la cocina tradicional. Para que no se te queme, te sugiero lo siguiente:
Primero, usa una olla o sartén de fondo grueso. Esto distribuye el calor mucho mejor y evita esos puntos calientes que queman el azúcar de inmediato. Empieza a fuego muy bajo, casi que apenas se vea la llama. No te desesperes por que se derrita rápido. Deja que el azúcar empiece a derretirse por los bordes y luego, con una espátula de madera o una cuchara, vas revolviendo suavemente para integrar todo. La paciencia es clave aquí. Si lo pones a fuego alto, se va a quemar antes de que se derrita por completo.
Cuando veas que tiene un color dorado claro, como un caramelo suave, sácalo del fuego de inmediato. El calor residual de la olla seguirá cociéndolo un poco, así que es mejor retirarlo un poco antes de lo que crees que es su punto. Luego, fuera del fuego, le añades el bicarbonato. Una pizca pequeña, como un cuarto de cucharadita por cada dos o tres cucharadas de azúcar. Mezcla rapidísimo, apenas unos segundos, hasta que se ponga opaco y un poco espumoso. Si mezclas mucho, pierde la textura aireada.
Finalmente, viértelo sobre papel de horno o un tapete de silicona. Espera unos segundos, no mucho, hasta que no esté hirviendo pero aún esté maleable, y luego pones el molde. Presiona suavemente pero con decisión. Si lo dejas enfriar mucho, no podrás marcarlo; si está muy caliente, se te pegará al molde. Es cuestión de encontrar ese punto exacto. Con práctica, te saldrá sin problemas. ¡A seguir intentándolo, que la cocina es de paciencia y amor!