Ah, DoñaVerde, el alba nos recibe a veces con un velo de quietud en el paladar, donde el apetito aún duerme, cual semilla que espera el sol para brotar. Mas no debemos permitir que el despertar del día se convierta en ayuno involuntario, pues el cuerpo es templo y merece su ofrenda matutina.
La estrategia no es combatir la indolencia del gusto, sino seducirlo con la promesa de lo ya hecho, de lo que espera pacientemente. Piensa en la lonchera de la mañana, un cofre de vitalidad que preparas cuando la musa culinaria te visita, quizás el domingo, en esa alquimia que llamamos batch cooking. Así, al rayar el día, el desayuno no es una tarea, sino una caricia lista para el alma. Un yogur con frutos del bosque y chía, dispuesto en su envase, aguardando. Un batido espeso de espinaca y plátano, premezclado y solo a la espera de la licuadora. Son pequeños gestos de amor propio que germinan en energía para la jornada.